Hoy me golpeó algo profundo:
Durante los últimos dos años, no he vivido de verdad. He estado tan concentrada en sanar, tan consumida por mi condición, que construí mi mundo entero alrededor de ella. Cada decisión, cada pensamiento, cada rutina tenía que ver con mejorar. No con vivir, solo con recuperarme.
Pero sanar no es lo mismo que vivir.
Creía que lo estaba haciendo todo bien. Cumplía con mis ejercicios, seguía cada protocolo, registraba cada pequeño cambio en mis síntomas. Pero en algún punto del camino olvidé cómo simplemente ser. Olvidé cómo trabajar, cómo descansar sin culpa, cómo dejar que la vida ocurriera sin medirla contra el progreso.
Hoy tuve una cita con mi neurólogo. Me había hecho una nueva resonancia y esperaba analizar cada detalle de ella. Pero en cambio, él dijo algo que cambió toda mi perspectiva.
“No hay señales de progresión. La resonancia se ve perfectamente bien. No hace falta hacer otra. Y por cierto, caminas mejor que la última vez que te vi. Tus temblores han disminuido. Tu habla es clara. Vas muy bien.”
Luego me miró y dijo:
“Necesitas empezar a vivir. Ahora mismo no estás viviendo. Estás pensando constantemente en la ataxia. Déjala ir: la vida está pasando y te la estás perdiendo.”
Y tenía razón.
He hecho un progreso importante, sí. Pero ahora es momento de traer la vida a mi sanación. No voy a renunciar a mis rutinas, a mis ejercicios ni a la disciplina que me trajo hasta aquí. Pero también voy a empezar a hacer cosas solo porque me dan alegría.
Leeré no solo como terapia, sino por placer. Caminaré no solo por el equilibrio, sino por el sol. Trabajaré (quizás medio tiempo, pero aun así… ¡echaba de menos trabajar!). Me permitiré estar presente, plenamente.
Seguiré con mi medicación (Mysoline) como me indicaron. Seguiré con el trabajo, pero esta vez elijo incluir la vida en el proceso. Porque sanar no se trata solo de recuperarse.
Se trata de volver a la vida.
❤️

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